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Pen oar ee y 4 todas ellas dice él estas palabras: las raposas tie- nen cuevas y l s aves del cielo nidos, mds el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza. 1 No es por tanto la felicidad temporal, ni nuestra propia satis- faccion l que hemos de buscar en la escuela de Je- sucristo, sino su gloria y nuestra mortificacion. Entra por tanto en ti misma, alma cristiana, y oye lo que el dulcisimo Jesus dice 4 quien pretende por algun fin temporal. zPorqué, dice el Se- flor 4 esta alma, me sigues por adquirir cosas tempo- rales, cuando soy tan pobre, que no tengo siquiera donde recogerme, y me hospedo debajo de un techo que noes mio? * Tu corazon estd Ueno de escondites, donde habitan pensamientos dolosos como las raposas, y estd tan elevailo como las regiones donde vuelan las aves, siendo asi que yo soy todo candor, mansedumbre y~ humildad: » si quieres venir d mi, niégate d ti misma, d tus sonnei y @ tus satisfacciones, y sigueme. ;Dichosa el alma 4 quien Jesucristo no se vea obli- gado 4 dirigirle estas recriminagiones amorosas! Pero = lo — humo . phe arenes tiene el fior la dignacion de dirigirselas, y ella las oye, y ejecuta lo que el Seiior la inspira. O amabilisimo Je- sus, yo he merecido mil veces vuestra indignacion, y os doy gracias porque me habeis reprehendido en vuestra misericordia: héme — Seiior; yo estoy muerto al mundo: haced de mi segun vuestro bene- placito, para que mi vida esté escondida con la vues- tra en Dios. « ’ Math. cap. 8. v. 20.—2 Div. Jeronim. cap. 8. Math.—® S. Greg. M. lib. 19. Moral.—* Colos. cap. 3. v. 3. me

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