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% — 116 — la grandeza de lamagestad divina, que se digna venir 4 ser nuestro hués % 3 la bajeza de la habitacion & que ha de venir? Si lo hiciéramos asi, nuestras al- mas rebosarian de gozo, acompafiaria la humildad 4 la admiracion, nos doleriamos profundamente de nuestros pecados, y se abrasarian nuestros corazones en llamas de amor hdcia un Dios, que tanta digna- cion tiene con nosotros. O alma cristiana, antes que te acerques 4 la — mesa, alza tu vista 4 aquel trono excelso y sublime, donde est reclinado el Sefior, cuya gloria llena los cielos y la tierra, y miralo bajando en seguida 4 tu nada y miseria, pa- ra que al verlo levantarse de su solio y acercarse 4 ti, le digas con lagrimas de gozo y con sentimientos de humfldad: O Seftor, sihe hallado gracia en tus ojos, no pases de tu siervo. ' ;Qué feliz serfs con su visita! ;Qué incendios de amor divino abrasardn tu corazon! {Qué lagrimas de gozo derramariés! O Je- sus mio, 4 cada hora, y 4 cada instante me humilla- ré ante vuestra presencia, reconociéndome indigno de vuestras bondades, y pidiéndoos la gracia para disponerme 4 recibirlas. — * PUNTO SEGUNDO. Cuanta pureza ha de haber en el lugar donde ha- bita el Altisimo, lo demuestran 4 las claras las dis- posiciones que Dios comunicé 4 Moisés, cuando le ordend que le erigiese el tabernéculo; pues no per- mitié que en el santuario donde se habia de colocar el propiciatorio, no estuviese todo eubierto del oro mas escogido. ? Eran estas cosas unas sombras de a 3 Gen. cap. 18. v. 3.—? Exod. cap. 26.
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