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Pero el conocimiento de la fe y el amor de Dios no dan todavía en el mundo la felicidad plena. Es preciso esperar. Con confianza plena en la palabra de Jesús, en su súplica por nosotros: «Padre, los que tú me has dado quiero que donde esté yo estén ellos también conmigo, para que vean mi gloria que tú me has dado, porque me amaste antes de la creación del mundo» (Jn 17, 24). Su promesa da seguridad a la confianza de los cristianos: «En el mundo habéis de tener tribulaciónes; pero confiad: yo he vencido al mundo» · (Jn 16, 33). Con razón llama San Pablo a estas virtudes teologales de «fe, esperanza y caridad», coraza y yelmo del cristiano (1 Tes 5, 8). 8.-Realidad de la nueva vida La vida que el cristiano recibe en el bautismo es la vida del mismo Hijo de Dios hecho hombre. Como la vida de las ramas es participación de la vida del tronco. Dice Jesús: «Como el sarmiento no puede dar fruto de sí mismo si no permaneciere en la vid, tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15, 4-5) . Todo el misterio de la vida del Señor -con su crucifixión, muerte y resurrección- tiene que verificarse en la vida interior del cristiano: Tenemos que crucificar nuestro ser de pecadores -nuestro «hombre viejo»- a f in de no vivir más para el pecado. Hemos de morir y sepultarnos por el bautismo para resucitar a la vida nueva de hijos de Dios. Estas ideas, que San Pablo escribe a los Romanos (6, 3-11 ), se simbolizan sobre todo en el bautismo por inmersión, que se practi– caba frecuentemente en la Iglesia primitiva. El catecúmeno era sumergido en el agua -muerto y se– pultado- y surgía a la nueva vida a semejanza de Cristo re– sucitado. <<Así, pues, haced cuenta de que estáis muertos al pecado pero vivos para Dios en Cristo Jesús. Entregad vuestros miem– bros al servicio de la justicia para la santidad» (Rm 6, 11.19). 67
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