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En los misterios del Rosario -que son los misterios de la vida- se ensartan la tristeza y la alegría, el gozo y el dolor, la flor y la espina. María es humana. María es mujer. María es madre. Por humana, es sensible al drama que viven las cria– turas de su condieión, si exceptuamos las situaciones pecami– nosas. El dolor, las pruebas, la misma tentación son ley de la condición humana y María los sufrió en su propia carne. Como mujer vive la experiencia de la cruz con un talante específicamente femenino, con una capacidad enorme de compasión y de ternura. Y como madre, la virginidad y la plenitud de gracia, dila– tan los espacios dolorosos hasta zonas que nos es difícil com– prender y ni siquiera imaginar. El pueblo cristiano, con su sentido profundo de las cosas de Dios, ha intuido con certeza la "dirección" de los misterios dolorosos de Nuestra Señora: sufre y llora por su hijo Jesús. Por Jesús, su corazón de madre sangra por las heridas de los siete puñales. El amor maternal los ha convertido en siete puñales de luz y de santidad. La devoción popular -humanísirna y estremecida- ha bebi– do el drama doloroso de María en las fuentes del Evangelio y lo ha convertido en ·•ejercicio piadoso": la espada de Si meón, el destierro a Egipto, la pérdida del Niño en el templo con la turbación y la angustia de la búsqueda... El pueblo fiel acom– paña a la Virgen en la soledad y en las lágrimas. Es ley de la condición humana y, con frecuencia, de los planes providenciales de Dios: junto a la flor, la espina, junto 217

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