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gestiones necesarias para solicitar y obtener el ingreso en el novi– ciado.• (Carta a sus padres, 4 de noviembre de 1900.) Lo duro y penoso del caso fué que el doctor Losada· Michelena llegó a Pontevedra después de la earta, cuyos párrafos pertinentes para el asunto que nos ocupa hemos transcrito. Y aquí suponemos que todo buen pensador que haya leido páginas anteriores, en las que ha visto lo que era y lo que significaba el joven Fernando, en– tonces de veintisiete afios, en el seno de la familia, no se admirará de que la reacción de padres y hermanos fuera dura y en cierto modo violenta, hasta que llegó la reflexión serena apoyada en las razones que en cartas sucesivas envtó a sus seres queridos hasta llegar ple– namente a conseguir la aquiescencia y la conformidad de todos «Mas después, las impresiones que en Roma recibí, escribe a su her– mano Mariano, el casual o providencial encuentro en Zaragoza del religioso Capuchino de quien en mis cartas os hablé, las simpatías que éSte nos inspiró, y otras .ctrcunstancias, moviéronnos a venir aquí y hacer ejercicios. En ellos es donde se confirmaron mis aficiones y donde adquirí la convicción, nacjda de la experiencia hecha, de que no me faltaban fuerzas para la vida religiosa como antes había te– mido; y ya en este punto, no faltaba más que seguir la voz de Dios.• (Carta a su hermano Mariano, 9 noviembre 1900.) Entre las no pocas car~as que tuvo que escribir en aquella coyun– tura para defender su actitud al consagrarse al servicio de Dios, hay una bella, que por ir dirigida a su amantisima madre dofia Elisa, no quiero privar a los lectores de saborearla a su placer. «Sefiora dofia Elisa Reguera.-'Lecároz, 13 de noviembr·e de 1900.– Mi querida madre: Grande consuelo trajo a mi espíritu su sent~dí­ sima carta últ1ma, inspirada en el más puro espíritu cristiano; me admira y me conforta la heroica conformidad que en ella muestra. Con la maravillosa intuición que tienen las madres, sobre todo, cuan– do se trata de la felictdad de sus hijos, seguramente presentía mejor acaso que yo mismo usted a dónde me llamaba mi vocación; y, lle– gando el momento del sacrific~o. lo acepta usted con cristiana resig– nación, y heroica fortaleza, si bien con el sentimiento natural en estas cosas. Frecuentemente las mujeres nos dan ejemplo a los hom– bres de esa virilidad de espíritu y grandeza de alma que conduce al cumplimiento de los más penosos deberes haciendo caso omiso de cuanto en contrario digan los propios gustoo, los particulares intere– ses y las conveniencias terrenas. Las cosas del espíritu no pueden me– dirse con el mismo criterio que aplicamos a las cosas temporales. No es lo mejor lo que má<S alegria y bienestar produce; Dios dirige los corazones y a veces pide sacrificios; y cuando los pide, preciso es hacerlos. El que usted hace resignándose con su voluntad no es 84

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