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»En cuanto llegó a mi casa vestido de paiSano y sin barba, como mi mujer le conoció, -sin reparo le dijo: «Usted es el padre Andrés», y él solamente manifestó su extrañeza de que le conocieran estando sin barba, pero no lo negó. Mi mujer le preguntó: «¿Y JesúS?» Y' re– cuerdo que él contestó sonriente: «No se preocupe; goza de buena. salud.» Con lo que entendimos que se babia ocupado de dejarle bien guardado. Durante el poco tiempo que estuvo en mi casa paraba muy poco en ella, y manifestándole nosotros el temor que teníamos. por ·sus salidas, él nos contestaba diciendo que tenía que ir a con– fesar a distintas casas; y ése era el ministerio a que se consagraba mañana y tarde. Llegaba a casa a ·eso de las nueve de la noche, y yo me permitía re.convenirle, preguntándole si no tenia miedo a que le detuvieran; él me contestaba que no tenía ningún temor, y ade– más aña-día: «Lo de dentro de casa hay tiempo de hacerlo du.rante toda la noche; pero si no salgo, ¿quién hace lo de la calle?» Se refe– ría a los ministerios sacerdotales que él eje:cia. »El día 30 de este mismo mes 'Confesó en la pensión a algunas religiosas de las en €<1la recogidas. Por la noche, cuando ya estaban cenando, a eso de las diez, llegaron a la calle de nu·estra pensión muchos milicianos armados ha&ta los dientes, como suele decirse. Uno de los que estaban en la calle, y que de niño había sido mona– guillo de las religiosas Trinitarias, dijo a los otros milicianos: «Ahí no dejéis ni a las ratas.» »De hecho subió a la pensión buen número de milicianos bien armados, y dijeron que venían a registrar la pensión. «Pasen uste– des», les dije. Ello.<~: »-A ver: ¿elemento femenino que tienes en la casa? »-En la casa no hay más mujeres que las de la famil~a y la se– ñora .e hijas de un policía. Pueden pasar ustedes, pues en este mo– mento se hallan cenando. »Pasaron, en efecto, al comedor y preguntaron primeramente a la señora del policía, contentándose con las explicaciones que ella les dió. Siguiendo por el lado derecho del comedor, preguntaron a. dos hombres por su personalidad, y tampoco les dijeron nada, ni les exigieron documentación. Llegaron, por f~n. adonde estaban el padre Andrés y los otros dos -sacerdotes (tomaban entonces el postre). Pidieron la documentación primeramente al sacerdote don Maximi– liano González, y ésta presentada, nada dijeron. Lueg.o se la pidieron al sacerdote don Manuel Villares; la presentó y nada le dijeron. Por último se la piden al padre Andrés. Este presenta no sé qué título de profesor que· no satisface a los milic~anos.. »-¿No tienes--'le preguntan-otra documentación? Porque estO> no prueba ni acredita nada. 34

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