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padre Ramiro de Sobradillo) en nuestra casa, empezó el asalto de los milicianos, observándolo todo nosotros y también el padre. Pri– mero intentaron abrir la puerta de entrada. Entonces, uno primero y otro después. subi~ron trepando por la pared hasta una ventana que estaba abierta, y por allí entraron. Luego convirtieron el con– vento en asilo de niños de los rojos, y más tarde, en cuartel también de los rojos, y la iglesia, en depósito de municiones, de alimentos, etcétera.l) >El padre Palazuelo se va con su sobrino Max~miliano (pasada la primera noche de exilio) a la pensión Sac~rdotal de la calle de Larra, entonces número 3, donde quedábamos seis sacerdotes, que en días sucesivos iban desapareciendo en busca de lugares más se– guros. l)El 25 de julio tiene lugar un registro en dicha Pensión Sacer– dotal de la calle de Larra, hecho por las milicias rojas. Iban en busca de armas o de algún franco-tirador que sospechaban estuviera pa– rapetado en alguna ventana de los pisos altos. Desde aquel momento ya no nos creíamos allí con segundad. El padre Palazuelo intenta ·buscar otra casa, pero no la encuentra... »Día 29 de julio. A las once de la mafíana llegan a esta !Pensión 1as milicias de Vallecas, capitaneadas por un antiguo camarero de la casa. Nos ordenan que abandonemos inmediatamente la 'Pensión, ya que se iban a incautar de la misma para fines revolucionarios. Así ocurrió, pues toda la guerra estuvo en poder de un Comité. Pre– cipitadamente, y sin echar mano de los más imprescindibles enseres abandonamos todos la Pensión, marchando sin rumbo determinado. >Tres sacerdotes iban juntos en busca de alojamiento: el padre Palazuelo 1 don Manuel Villares Barrio, buen amig.o y paisano, y don Maxi.miliano González Flórez, que suscribe. Nosotros. como más cno– vatillos>, nos dejábamos llevar, confiados en el padre Andrés, que echando mano de sus muchos amigos, encontrase una casa donde no nos persiguieran. Pero las circunstancias se iban poniendo cada vez más difíciles. No había ni un rincón de seguridad. La milicianada lo invadía todo con sus fusiles y su terror... >Después de varios intentos y visitas a antiguos amigos.. ., no hubo más remedio que echar mano de una pensión, la de San An– tonio, en la calle de León. Hay que hacer constar la benévola aco– gida del propietario de dicha pensión; pero era lugar peligroso, ya que era un barrio muy próximo a la iglesia de Jesús, donde todos conocían al padre Palazuelo. »Desde las dos de la tarde del día 29, momento en que entramos en la pensión de San Antonio, no hubo ningún incidente digno de mención hasta el dia 30 por la noche. 32

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