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Casas . at ae Hé aqui, sefiores, cémo no es una paradoja creer que Dios tiene que vencer con mano fuerte y suave los altos muros que el hombre Jevanta contra su augusta Religion. Para conservar ésta en la humanidad, la Providencia tiene sus desvelos; ella respeta el libre albedrio del hom- bre; ella le da sus auxilios para que obre bien, @ fin de que la corona del cielo, no sdélo sea gratuita de parte de Dios, sino merecida de justicia por parte del hombre, asi como su condenacion es obra de sus propias iniquidades; pero tocante al sagrado depdsito de Ja fé entre los hijos de Adan, tocante 4 lo que es herencia y patrimonio de ' Ja naturaleza divina, la humanidad en masa no tiene albedrio; Dios ha dicho que hasta la consumacion de los siglos ha de haber verdaderos adoradores suyos, y que los ha de asistir; y aunque todo el infierno y la humani- dad se conjuren contra esta palabra, todos se estrellaran, sin conseguir mas que su propia ruina y desesperacion. Y gquién es el hombre para vencer a Dios? ; Vil reptil de Ja tierra! Podra corroer la brizna de yerba y el débil arbusto; pero jamas hincara sus viperinos dientes en el arbol secular, por mas que quiera zapar sus cimientos; su impotencia fisica desvanecera sus esfuerzos rabiosos. La Providencia vela como centinela para guardar sus de- rechos ; si el vil gusano merece sus cuidados, con mucha mas razon el hombre y con mas derechos la Religion, porque el hombre es cosa extraiia 4 la Divinidad ; mas la Religion es el mismo Dios manifestado 4 las criaturas para que le sirvan y lo adoren. Volvamos, pues, la vista al objeto de esta solemnidad sagrada; es Maria, la Madre de Dios, la que en el sagrado. recinto de su casa de Nazareth recibié en solemne emba- ~ jada al paraninfo del cielo, la que practic alla en el mas herdico grado todas las virtudes que la hicieron digna de ser Madre del Hijo de Dios; justo es que en tan solem- — ne ne circunstancia como ésta traiga yo & vuestra memoria .

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