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ce vende contra El, y le declara la guerra con una oposicion terrible y maliciosa. - Ya veis, sefiores, que cuando por primera vez hablé Dios al hombre, quedé bien desairado por éste; no fué mas feliz el resultado ulterior de sus érdenes. Cuando con mano poderosa saca de Egipto a seiscientos mil is- raelitas, lo reconocen y adoran; cuando divide los mares, cuando los salva de los peligros, cuando les da carnes y alimentos, y apénas les prescribe mandatos, toda aquella muchedumbre, excepto cuatro 6 seis hombres, es rebel- de y obstinada. Seguramente si Dios tuviese otra regla niveladora de sus acciones que la misericordia y la jus- ticia, yo no sé lo que hubiera sido del hombre, porque él por su parte no ha merecido sin6é ~ametor Demos un pa- so mas. Contaba el mundo cuatro mil aiios, iepece grande en la historia humana, en que se realizaba la promesa del Paraiso; la humanidad espera la aparicion del gran per- sonaje que, oriundo del cielo, tenia que visitar la tierra; esta tan persuadida de esto, que la nacion entera de cuya estirpe y en cuyo suelo ha de nacer, al oir que un Profe- ta la recorre , le envia una embajada solemne, diciéndo- le: «Tu quién eres? Eres Cristo, el esperado del mundo?» «Yo no soy el ungido, responde el Bautista; ni soy Elias, ni Jeremias, ni Profeta alguno; soy el que prepara los caminos del Rey del cielo; ya nacid, lo teneis en medio de vosotros, ;Oh qué grande es, qué sublime! Yo no me- rezco ni 4un desatar el cordon de sus sandalias; El os bautizara en Espiritu Santo.» En efecto: aparece este principe celestial; es Dios, que se hizo hombre para des= | -cubrirnos su gloria y habitat entre nosotros. No mirareis en él ni aquel entusiasmo ni aquellos preliminares que acompafiaban 4 los Profetas cuando querian hacer algun portento 6 anunciar algun gran evento; tan natural como nos es 4 nosotros el respirar, era 4 Jesus hacer milagros
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