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re aR cémo Dios es hombre, y cémo el hombre es Dios; enton- 2 ces diremos que, unidas ambas naturalezas sin confusion ni mezcla, la persona es Dios, por tener la naturaleza di- vina, y ésta misma persona es hombre, por tener la natu- raleza humana. gQuién, al llegar aqui, no se ve precisado 4 exclamar con San Pablo: «jOh altura de las riquezas de Dios! ;Cuan incomprensibles son sus juicios! ; Cuan in- apeables sus caminos!» |Quién puede pensar en el hdgase de Maria, sin quedar atdnito, confuso y abrasado en el amor hermoso de Ja Divinidad! ;Quién considerara es- tos prodigios con atencion , sin que exclame: ;Oh bondad divina, que eres lo que yo soy por naturaleza! ,Cédmo no soy yo por el amor lo que tu eres? gCémo vivo para mi? 4Cémo no te amo con mas ardor que los serafines? Pero volvamos 4 considerar cuanto hace Maria con aquel fat. En nuestros labios no seria aquel hégase mas que un deseo 6 un consentimiento ; pero en los de Maria fué una palabra de mando, y Dios quiso, como afirman los Padres, que tuviese tanta fuerza y virtud, cuanta tuviera el fat del Criador al sacar el mundo de la nada; y 4un parece que tuvo mas, pues 4 su impulso se dierana luz efectos mas maravillosos que los de la creacion. Porque en aquel fiat, Dios sacara las criaturas del seno de la nada y las diera sér; mas en éste, Dios sacara una obra de su propio seno, y recibiera de Maria un nuevo sér: en aquél, Dios no afiadiera nada a sus perfecciones infinitas; en éste Maria se ha dado 4 si misma una dignidad incomprensi- ble, un imperio sobre el mismo Dios, pues siendo su Madre, tenia sobre El los derechos mas sagrados de mando y supremacia. Si queremos pasar adelante en esta obra, nos vemos obligados 4 retroceder, porque los misterios se suceden con tanta rapidez, las maravillas se ven tan multiplicadas , que el entendimiento mas encumbrado se aniquila. ;Oh fiat admirable! ;Oh fiat incomprensible! jOh fiat omnipotente el de Maria! gSe pronuncié jamas
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