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mo amor que tiene hacia Jesus, refluye directamente so- bre nosotros, y para comprender hasta qué punto llega, sdlo basta saber lo que, 4 impulso de aquél, hace Maria : con Jesus. Ella nos engendra , Ella nos alimenta, Ella nos } acompaiia hasta el tiltimo trance}; si nos perdemos, llora y se atribula, hasta que volvemos 4 su amoroso lado; si nos persiguen los hombres, si nos combaten las ait dades, Marfa se nos acerca para derramar sobre nuestras almas el balsamo del consuelo é inspirarnos fortaleza. Y esto, gqué otra cosa es mas que la expresion sensible del amor que nos tiene aquel Padre celestial que mandaal , sol que salga cada dia, que busca a la oveja descarriada y la conduce al aprisco, que se fatiga y suda por los peca- dores, y manda 4 sus angeles que se regocijen en el cielo cuando el hijo rebelde vuelve al seno de su progenitor? Todo esto es invisible, como que las obras de Dios son analogas 4 su naturaleza espiritual; necesitamos del telescopio de la f6 para poder percibir las ideas de la _ Providencia sobre nuestra salvacion; pero cuando fija- mos nuestros sentidos en Maria; cuando la vemos al lado de su Hijo que espira; cuando oimos las tiernas a 6 interesantes palabras que éste la dirige, no podemos ménos de decir con los samaritanos: «Creemos, no sdlo. por lo que nos han dicho, sino por lo que hemos vis- to con nuestros propios ojos.» (Joann.) Si, catdlicos; la grandeza de Dios se manifiesta al contemplar las mara- villas de la creacion, la hermosura incorruptible de los & cielos, el drden simétrico de los tiempos, y el movimien- to regular y periddico de los astros; pero el Dios amoro- so, el Dios que nos cria de la nada y nos adopta por hi- jos suyos, perdondndonos las culpas y recibiéndonos en “su amistad, se ve sensiblemente en Maria, 4 quien Dios ha dado un corazon que es el suyo, un amor que es el _ Suyo, y unas entrafias que son las de su misericordia, - €on que nos visité bajando del cielo.

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