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* sericordia , verdadero retrato del antigno Adan, ale nado 4 morir por su maldad; el primer cuidado del Dios — moribundo es dirigirle una palabra de amor, en quele segura la remision y la gloria eterna. Podria tambien du- darse del valor intrinseco de nuestras almas; podria su- ponerse oi , siendo Dios impasible, nada podian influir en El los tormentos. ; Ah! gQuién podra caer en tal esta- do de demencia, que no conozca su valor infinito? Si, infi- r nito, porque tanto vale un objeto, cuanto es el precio que se da por su adquisicion, y por cierto que la conclu- sion es bien matematica; Dios ha dado su vida por mi alma; la vida de Dios es de un valor infinito; luégo el valor de mialma es tambien inBinitopatimativamentes Por esto, catdlicos, Jesucristo habla en la Cruz por ter- cera vez, y explica el horror de sus tormentos, quejan- dose 4 su Padre de que lo ha abandonado. ; Palabras su- blimes! Ellas nos dicen lo que nosotros valemos, y nos explican lo que Dios padece por aleanzarnos ; la gracia de la remision y la filiacion divina con que nos ha adoptado. “Todo esto oeurrié en el Calvario, y no es mas que la representacion sensible de lo que ocurrié en el Paraiso entre el Padre airado, el hombre apéstata y el Verbo me- -diador. Pero, catélicos, Jesucristo no muere s6lo: 4 su lado hay una heroina, que con paso generoso y firme le ha seguido por el camino de_los ludibrios, y se estaciona junto al patibulo en el paraje de la ejecucion. Lo que pasa entre estos dos séres, las palabras que el Dios paciente dirige 4 su Madre y 4 un discipulo que esta con ellos, son el desarrollo de todas las ideas divinas en érden & nues- tra predestinacion eterna. La Providencia divina, que rige y gobierna cuanto ha salido de su mano, nos descubre la complacencia con que cuida de nosotros como un pa- dre de sus hijos. ¥ su vigilancia sobre cada uno de los hombres es tan especial, que, comparada con la que oe:

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