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7 i : : 4 mente obedecen 4 una ley superior al hombre, y cuan- do estos desencadenan sus furias, nada hay que les re- sista. Ménos mutable es atin el 6rden moral, y esta in- mutabilidad esta impresa en cuanto se objeta 4 nuestra razon, porque el Sér infinito ha marcado las huellas de su naturaleza, tanto en la flor que matiza los campos como en el gigantesco roble que corona los montes; ni es ménos sensible su mano en el agua cristalina que ser- pea entre los sauces del valle que en las altivas olas del _mar cuyas espumas humedecen las nubes. ,Cémo ha de haber movimiento en la materia inerte de si misma sin un primer motor? gCémo ha de reinar el érden invariable en este movimiento, sin una inteligencia suprema, in- creada, infinita, que tenga las aguas en la palma de su mano y arrolle los cielos como un pergamino? ,Cdmo ha de existir esta inteligencia divina sin haber publicado las leyes que constituyen la armonia de los espiritus, impri- miendo en el bien la fuerza moral para que impere, es- tigmatizando el mal con el sello de su innata fealdad, para que la hermosura del espiritu extasie al espiritu, la fealdad retraiga a los hombres de estar en contacto con el segundo, teniendo el mérito de abrazar el uno y repu- diar el otro? Si; Dios publicéd estas leyes, y las imprimié en el corazon de cada uno de los hombres: sin esto, no fuera justo cuando condena al malvado. Pero confesemos nuestra debilidad: 4 pesar de que nuestra razon y conciencia nos conducen hasta el Sér divino , una deleitandose en el bien y deseando poseer el infinito, y no encontrando saciedad en nada de lo visible porque no hay suficiencia limitada que pueda llenar el horizonte inmenso de nuestro corazon, y otra inspiran- donos terrores cuando obramos mal, y echandonos en cara nuestra depravacion, que nos lleva 4 una ruina in- evitable; no pudiéramos dejarnos cautivar meritoria- mente de los atractivos del bien, sin que una gracia es- ii

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