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pe Sy es ae oe s S ee cierto modo infinitos: almas cristianas que os hallais penetradas de las luces de la 8, oidme: g& quién somos deudores de todos los bienes de la gracia, sino 4 este divino Redentor que, viendo’la familia humana conde- nada y proscrita sin remedio, tomé un cuerpo y lo pre- senté 4 su Padre en holocausto? Ya los sacrificios de la Antigua Ley iban causando un desagrado, digdmoslo asi, al Dios irritado; la sangre de los becerros que tantas veces habia baiiado el pavimento del santuario, no era suficiente para apagar el fuego de la ira del Eterno, y entdnces el Hijo se presenta al Padre, y le dijo lo que con tanta elegancia explica San Pablo en su Carta 4 los hebreos (cap. x, 6): Holocaustomata pro peccato non tibi placuerunt: Los sacrificios por los pecados no os han agra- dado ; pero Vos me habeis formado un cuerpo unido 4 la diviuidad , que sera una victima digna de Vuestra Majes- tad suprema. Y entdnces dije: Lcce venio: Héme aqui, Padre, dispuesto 4 morir y consumar con mi sacrificio a todos los que han de ser santificados. Y al tomar Jesu- cristo este cuerpo y decidirse 4 morir por nuestro amor; al ofrecerse por nosotros a la justicia de un Dios irritado, nos volvid la vida, la esperanza y la salvacion. Y gquién es, despues de Dios, el que nos ha dado este Redentor? Bien lo sabeis, amados mios; y g,cémo dejara Maria de concedernos todas las demas cosas, habiéndonos dado al que es origen de todas ellas? Quomodo non etiam cum illo omnia nobis donabit? En el momento que Maria concibis y did 4 luz al Redentor, engendré la gracia, dié . 4 luz la misericordia, y derram6 un torrente de bendicio- nes sobre la masa de los mortales. Si, amados mios; todo nos viene de Maria, pues todo nos viene de Jesus. Esta sangre preciosa derramada una vez en el, Calvario por la expiacion de nuestros pecados, y que bebemos todos los dias en ese precioso caliz del Nuevo Testamento como una prenda de’ nuestra inmortalidad; esta sangre de la

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