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_ celestial.» Hasta aqui San Bernardo, que compendia en > otra parte todo lo que Maria puede hacer por los hombres, con estas palabras : «De tus labios joh Virgen! depende - el consuelo de los miserables, la redencion de los cauti- vos, la redencion de todos los hijos de Adan, de todo tu linaje.» (Homilia 4." Super Missus est.) ’ Comprendamos, pues, esta verdad de interés tan trascendental : la armonia de las ideas del espiritu con los sentimientos del corazon humano se deja ver en la maternidad divina de Maria, en cuya alma deposita Dios todo su amor, de quien recibe una correspondencia per~ fecta, para que refleje todo directamente 4 cada uno de los hombres: de este modo se forman entre Marfa y la masa entera de la humanidad esas relaciones que nacen del corazon agradecido 4 los favores recibidos: Maria no puede ménos de amarnos, porque es nuestra Madre; nos- otros no podemos ménos de invocarla, porque en su seno hallamos cuanto necesitamos. Para esto Dios la ha reves- tido de un poder que podemos denominar inmenso 6 _ infinito, porque se extiende4 toda criatura angélica, hu-- mana, sensible, material, celestial, terrena é infernal, mandando 4 unas como Sefiora, 4 otras como Reina, 4 otras como vencedora, y acariciando 4 una sola como Madre. — eet . ee No os admireis cuando os hablemos del poder casi omnipotente de Maria; antes que lo hayais oido de nuestros labios, lo han pablicado los santoS Doctores. «A Maria, dice San Bernardo, como al medio, como al arca de Dios, como 4 la causa de las cosas , como al centro de los siglos, miran los que viven en el cielo, los que habitan en el abismo, los que nos precedieron, los que vivimos, los que nos siguen y sus hijos, y los hijos que naceran de ellos. Los que habitan en el cielo, para saciarse ; los ‘que en el abismo, para salir de él; los que precedieron, para ser fieles como los Profetas, y los que nos seguiran, %

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