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4 los hombres lo que es suyo, el corazon desu Madre, su afecto y su ternura, sus cuidados y solicitud. ;Donacion # inmensa! ; Patrimonio inestimable! ° Y¥ advirtamos que no es esto un simple consejo que Dios nos da, de cuya observancia depende nuestra per— feccion relativa; es un decreto irrevocable, que liga la salvacion de cada uno de los hombres 4 la mediacion del afecto maternal de Maria, y a la fé con que la invoca— mos. Nuestra predestinacion, nuestra redencion estan. fundadas, no como quiera en Dios, sino en el Dios hu- manado, en Jesus, que es el Hijo de Dios; pero este Hijo. debié de humillarse 4 tomar carne humana, a nacer de una Virgen que se prestase libremente 4 darle su sangre, para que la derramase por nosotros. La obra de la Encar- nacion no es tan sdlo el que el Hijo de Dios se haga hom- bre, sino que contintia en sus resultados materiales hasta que este Dios espira en el Golgota, resucita glorioso, fe- cunda su Iglesia y sube triunfante 4 los cielos. Mas la obra mas grande atin y los resultados formales de esta Encarnacion , comprenden un circulo inmenso ; todo hom- ‘bre es santificado con esta redencion, y traspasando los’ limites del tiempo, la eternidad presentard el belloy su- _ blime cuadro de los rescatados de la muerte, que sin ce- sar entonaran el cantico de accion de gracias al Cordero de Dios, que los redimié con su sangre y los hizo reyes. y asoerdotes para siempre. (A pocalip.) Dios, como dice San Pablo, nos ha predestinado en, — su Hijo antes de la constitucion del mundo, para que fuésemos santos y sin mancilla; en ‘EL, continua el mis— | mo, tenemos la redencion por medio de su sangre. Jn quo habemus redemptionem per sanguinem ejus. (Ephes., ca- pitulo 1, v. 7.) Era, pues, necesario que.el edificio si- guiese la naturaleza del cimiento, y que por los mismos medios que las cosas tuvieran principio, llegasen a su fin. El principio de la Encarnacion es la voluntad de Dios — ca eg Semana a eq 7 $a 7 | 5
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