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RRS Ee, ; ; p blanca sien de su niflo como el asiento de una corona que dara al hijo grandeza y majestad, y 4 la madre con- sideraciones y alabanzas. Lo mira como la victima sagrada que ha de reconciliar al mundo con Dios, y su amor va mezclado de carino, de tristeza, de compasion y de lastima. Lo ve atribulado en su .cuna, perseguido por tiranos, fugilivo entre soledades y desiertos, sin tener » otro reclinatorio que sus brazos, ni mas cuna que la dura tierra, y este niflo nace mil veces para su corazon, siendo siempre el dolor y las penas el agente poderoso que mueve su corazon ; lo ve, por fin, morir entre hor- rendos dolores y en afrentoso suplicio, y su amor crece, siendo cada vez mas. tierno, mas compasivo y mas herdico. j Ah! Si para libertar al Hijo del cuchillo de un Rey envidioso y safiudo hubiera sido necegario que Maria ° presentara al verdugo su cerviz; si las espinas y azotes que hirieron a Jesus y taladraron su cabeza hubieran po- dido trasladarse 4 Maria sin tocar al, Hijo; si la cruz hu- biera presentado sus brazos 4 la Madre, perdonando al Hijo, jcon qué gdzo hubiera sufrido Maria las afrentas, las persecuciones y la muerte! ;Con cudnta presteza hu- biera dicho 4 los verdugos que destruyeran su vida por salvar la del que la daba 4 su corazon! Hasta qué punto llega este amor de Maria hacia su Hijo, no es dable com- prenderlo, porque tropezamos al momento con la inmen- sidad de Dios; pero cémo se ha formado entre Dios y Maria esta relacion de amor, por qué medios se comunica a Maria, es un asunto que, bien examinado, produce en nosotros, no sélo la admiracion, sino la ternura extatica. Dios ama 4 Maria, no sélo con su razon eterna, sino con el sentimiento del corazon, que tanto ennoblece al que lo tiene. tal Confieso ingénuamente que estoy como anonadado al contemplar tanta dignacion de Dios, y arredrado al tra-

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