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giendo Dios la reciprocidad omnimoda, pues asi como El se da enteramente al hombre, quiere que éste se una todo 4 £1, consagrdndole en las aras del amor su razon con todas sus potencias, su corazon con todos sus deseos, y su cuerpo con todos sus sentidos. Para estar unido con _ Dios es preciso que el hombre crea en todas sus pala- bras, observe todos sus preceptos, obedezca 4 todos sus mandatos, y, sometiéndo su voluntad 4 la divina, no ‘ tenga la osadia de querer sembrar la division en el que por naturaleza es indivisible; y si no se une\a Dios de esta manera, rompera la cadena de oro que liga al cielo con la tierra, y de amigo que debiera ser, se convertira en enemigo de la Divinidad. Qui non est mecum, contra me est. Y es tan admirable la armonia que liga entre si 4 to- das las obras de Dios, estan tan eslabonados todos los _ misterios de su amor para con el hombre, que, 6 es pre- ciso acatarlos todos, 6, si se duda de uno solo , se destru-' ye toda la Belleza de su conjunto celestial, incurriendo Ja razon humana en un horrendo anatema, pues de dis- cipula se erige en maestra y reformadora de lo que ni comprende ni puede comprender. No hay, pues, disyun- tiva en esta union; 6 es preciso ser todo de Dios,, cre- yendo con firmeza en la infalibilidad de su palabra y con- fesando toda verdad, que proceda de sus labios, 6 si se quiere entresacar una sola flor del precioso ramillete de las creencias que El nos propone, somos unos sacrilegos, . que profanamos la verdad eterna é inmutable, y levanta- mos un muro de hierro que constituye un campo ene- migo suyo: Qui non est mecum, contra me est. Con esta sencilla enunciacion de lo que lleva consigo el consorcio admirable que Jesucristo entabla por la en- carnacion entre la naturaleza divina y la humana, se ‘descubre cual es el crimen de la herejia, cuando ha que- rido romper la cadena de los misterios de la fé. Ha pre- Si Sadat aie ith lca lt he dt at ie cas let sj ag Se wi f
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