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t 4Quién no advierte en esta coronacion el complemen- to de la gran dignidad de Maria? No podemos ciertamen- te pensar ni en el remedio que prometié Dios 4 Adan pe- cador, ni en nuestra adopcion divina habida en Jesu- cristo, ni en los asombrosos esfuerzos del Dios humana- do, sin ver en todos ellos 4 Maria como al personaje mas ilustre, como al sér necesario en todas estas obras, como la causa eficiente de la encarnacion en union del Espiri- tu Santo. g0émo dejarian de ser coronadas aquellas gran- des excelencias que adornaban 4 Marfa? Aquella humil- _ dad con que agrad6 4 los ojos del Padre; aquella virgi- nidad con que extasié al Hijo; aquella resignacion con que acepté la dignidad mas sublime, como si fuera ella indigna de ser esclava de Dios, lo que le merecié ser Es- posa del Espiritu Santo, gpodian quedarse sin una corona en aquel mundo invisible, donde el divino Asuero hace ostentacion de sus riquezas y liberalidad? Vuelvo, pues, 4 mi primera proposicion, repitiendo que si los herejes hubiesen mirado 4 esta Virgen excelsa con ojos puros, no podrian ménos de confesar que es Madre de Dios; en- ténces hubieran confesado con el sabio y devoto Gerson, que para coronar 4 Maria era necesaria una jeparquia que mediase entre Dios y las criaturas; si, Maria se halla fuera de la primera jerarquia, porque en ella no pueden estar sino las tres divinas personas; pero tambien esta fuera de la jerarquia de los angeles y Santos, porque to- dos juntos no pueden llegar 4 donde ha subido la Madre de Dios. Ahi teneis, amados mios, convertida en Reina del mundo la que se apellidé esclava del Sefior; no subié a tanta elevacion, sino por la humildad; no fué elegida para ser Madre, sino porque quiso ser esencialmente. virgen; ho did su mano de Esposa al Espiritu Santo, sino por haberse sometido en todo 4 la voluntad divina. jHasta cuando, pues, desmentiremos con nuestras obras el titu-
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