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ee Hijo amado, y las Nluvias, los vientos, el granizo y los rayos se le postran; penetra en la region del fuego, y las llamas , perdiendo su voracidad, lamen sus sagradas ~ plantas como si estuviesen empapadas del rocio de la aurora; va hendiendo los espacios, y el sol y la luna la adornan; las estrellas de primer érden la coronan, mati- zando las otras su azulado manto; llega 4 las puertas del . cielo, y se corren sus cerrojos de oro, entrando en su recinto entre miles de sinfonias angélicas, entre miles de aclamaciones y de aplausos. ; Ah! gQuién podrapen- sar cémo la humilde Maria penetra hoy en los cielos? Oid alos angeles, quienes al ver las delicias, los éxtasis y dul- zuras de su Reina, no supieron qué pensar ni qué decir, y sdlo se expresaron entre admiraciones , repitiendo: «@Quién es Esta? gQuién es Esta?» gPor qué os admirais, oh espiritus soberanos? Esa que ha subido desde el sepul- cro hasta el Trono de gloria de Ja Divinidad, es la humilde Madre de Dios. gNo ois las dulces voces del Padre, quien la dice que El eleva 4 los humildes para que se sienten con los principes y posean el trono de gloria? gNo ois que la dice: «Ven, Esposa del Libano, y seras coronada?» Sabed, pues, que toda esa gloria con que deja el mundo, todo ese triunfo con que sube al cielo y ese trono que ocupa, es la corona de su humildad. Se humillé mas que todos, diré con San Bernardo, y cuanto era mayor en dignidad y virtud, se creyé tanto mas indigna; y justa- mente fué enaltecida 4 un asiento divino la que se creyé la tiltima de los hombres. Coronada est& la humildad de Maria por el Padre. Ved coronada su maternidad por el Hijo. Antes de hablar de la gloria 4 que fué elevada Maria por su Hijo Dios en premio de su-maternidad divina, me es preciso repetir las admirables palabras que pronun- ciara San Bernardo en una solemnidad semejante a la que celebramos hoy. «Si es un placer para mi corazon, TOMO II. 16

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