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rie aes eh vador deje el instrumento que coi en general esa admirable béveda celeste; y enténces, persuadido que el espacio inmenso del cielo no cabe en la corta esfera de los sentidos del hombre, se humilla bajo el gran peso de su ignorancia, se postra, y adora al Rey inmortal que habita en tan asombrosa morada. Si esos espiritus investigadores se hubiesen trazado 4 si mismos este camino, no habrian manchado tan & menudo con sus errores la historia del ingenio humano. Si con ojos puros y alma candorosa hubiesen fijado su vista en el admirable conjunto de los dogmas de la Reli- gion, al paso que su infinita grandeza le hubiera hecho . confesar su nada, habrian quedado enamorados de su her- mosura, y postrados ante la incalculable majestad del Altisimo, hubieran exclamado con el humilde Pablo: «jOh eleyacion de las riquezas de Dios! ;Cudén incomprensi- bles son tus juicios! jCuan inapeables tus caminos!» La Madre de Dios ha sido ‘siempre un océano de maravillas, un cielo matizado de grandezas, en cuyo analisis, inten- tado por la débil razon humana, se han confundido los genios atrevidos, y en cuya sonaiderocian tats quedado extasiados los talentos verdaderamente grandes y sdlida- mente catdélicos. ; Maria! ; Ah! Es una mujer , es una cria- tura inferior por naturaleza 4 los angeles; pero es tan sublime en gracias y virtudes, y se halla tan adornada _ de misterios desde el momento en que empieza 4 existir hasta el dia que es coronada, que los hombres mas agi- gantados en sabiduria no han podido comprender en toda su extension la menor de sus prerogativas. Para hablar de este gran fendmeno de la gracia divina, es necesario anonadarse hasta el polvo, tener un corazon puro , ate- nerse 4 la Escritura, 4 la tradicion y 4 lo que han escrito _ Sobre ella los Doctores de la Iglesia; es preciso no sujetar separadamente sus grandezas 4 un examen minucioso, porque éstas forman una cadena mas entretejida , que ese
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