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de clavos y de lanza cruel, consumando en treintay cua- tro aiios el sacrificio que empezé en Nazareth y concluyé en el Gélgota. j Por fin, este Rey inmortal de los siglos, en cuyas ma- . nos sabia fl muy bien que su Padre tenia puestas todas’ las cosas (Jo., cap. xm1, 1), en quien habitaba toda la plenitud de la Divinidad /Colos., cap. 1, 19), y quien sabia tambien que nadie podia despojarle de lo que su Padre le habia dado (Jo., cap, x , 29), y que por su pro- - pio querer entregaba su vida a la muerte, y la volveria 4 tomar por su propia virtud, cumpliendo con el precepto de su Padre /Jo., cap. x, 18.): este Sefior de la vida y .de la muerte quiso, por una dispensacion inefable de su infinita humildad, vivir por espacio de treinta y cuatro aos ejercitando la virtud de la esperanza, esperando un gran acontecimiento y pidiendo 4 su Padre su cumpli- miento con gemidos, con clamor fuerte, con lagrimas. Y gsabeis qué era lo que esperaba Jesus y lo que su- plicaba con toda humildad? Su resurreceion, y con ella la de todos los hombres, pues con ella inutilizaba el agui- jon de la muerte ; su resurreccion gloriosa, y como con- secuencia de ella, la de todos los escogidos, pero muy en especial la de su Madre. Considérese por un momento lo que pasaba en el corazon de Jesus: sabia cierta é infali- blemente que habia de resucitar. Y gno lo habia de saber, cuando estaba contestando siempre 4 su Padre y 4 su esposa la Iglesia que le instaban 4 ello? Decianle Aquél y ésta: Levintate ti, que eres mi gloria, mi salterio, mi citara: y 61 contestaba: Me levantaré de madrugada. (Ps. vi, 9.) Sin embargo, véase qué oracion tan tierna, tan afectuosa y tan conmovedora dirige 4 su Padre: 7%, le, dice, no dejards mi alma en el infierno, ni permitirds que tu Santo vea la corrupcion. (Ps. xv, 10.) No se aver- gitencen por mi los que te esperan, Senor, Senor de los po- dertos. No queden corridos por causa mia los que te bus-

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