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ET . que, siendo impecable por naturaleza y duefio de la vida -y de la muerte, sintié en su cuerpo los rigores del peca- do, el frio, las privaciones y las fatigas y tormentos, y en su alma las mas acerbas agonias , y concluy6 su pre- ciosa vida muriendo en uh madero, De aqui concluimos, con el doctor San Bernardo, que la hermosura de los jus- . tos es un cuadro oculto 4 los ojos de los hombres, y sdlo manifiesto 4 los de Dios; por grande que sea un alma, reside en un cuerpo de barro, destructible al primer em- hate de los elementos; por grandes que sean los méritos de los Santos, no aparecen en su exterior sin las insig- nias del pecado. No es, pues, extrafio que la Hija de Da- vid, la Madre de Dios, pase toda su vida en la oscuridad; _ no es extrafio que espire la Madre del Verbo Eterno por- | que Dios condene 4 los justos al término de su vida por las vias que ha decretado para todo el linaje humano, empezando sus glorias 4 dejarse ver despues que han rado los ojos 4 los objetos sensibles del mundo. Enténces | sale el alma del cuerpo mas pura que el sol de la ma~ - flana; enténces se conmutan las humillaciones de esta vida en un peso imponderable de gloria, saliendo la vir- tud mas esplendente que la luz primordial al abandonar el caos que precedié 4 la creacion. : Para comprobar esa asercion, preciso es que nos tras- lademos al sepulcro de Maria. ee cuerpo, donde ha habitado nueve meses la fuente de la vida, se halla exa- nime y encerrado entre sombras; aquel rostro venerable, en cuya frente brillaba la majestad y la virtud, esta cubierto con un sudario. Murié Maria, ,Qué digo? Oyé las voces de su amado, que repetidas veces la llamé como el esposo 4 su esposa: Ven, la dice, ven; ya no veras mi cara entre las angustias de la carne mortal; pasé el invierno de la tribulacion; cesaron de correr los torrentes de lagrimas que tanto desfiguraban tus mejillas; las flores de una eterna primavera matizan nuestros campos y ‘

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