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mes que om ausente , y ella las conjura a todas con la _ esposa de los Cantares, que’si lo ven, le digan que esta - enferma de amor. Muere Maria; pero antes un angel vie- ne del cielo, trayéndola una palma entretejida de coro- nas; Muere Maria, pero antes Dios obra portentos admi- rables, trayendo en un instante @ los Apéstoles, que esta- ban diseminados en partes remolisimas, para que todos reciban la bendicion de su Reina; muere Maria, pero antes se deja ver su Hijo sagrado, que desde el riko de Ja gloria ha bajado 4 acompafiar & su Madre en su transi- - to 4 la eternidad; muere Maria, pero su santo cuerpo es llevado al sepulcro en hombros de los Apéstoles, acom- paiidndolo los coros de los angeles, que con sus citaras entonan sin cesar himnos y canticos 4 su Reina. ;Ah! yo - no puedo ménos de confesar que hay en la muerte de Maria cosas tan portentosas, que apénas pueden referirse en este siglo que se llama de razon, y no se fia de la autoridad. Pero yo canto las glorias de mi Madre, y ne conviene, cierto, 4 un hijo el callar lo mas minimo de las grandezas de la que le ha dado la vida. Y tanto mas mo- tivo tengo para publicar estas maravillas , cuanto me'veo autorizado para_ello por el sapientisimo San Juan Da- masceno, por San Gregorio de Tours y por San Dionisio - Areopagita que las refieren, éste como testigo ocular, y aquéllos como fieles depositarios de Ja tradicion. Nada es ciertamente la separacion momentanea del cuerpo y del alma cuando se apartan estos dos compafie- ros para conseguir nuevos lauros que pronto han de com- partir. Esta misma muerte, que cada dia nos llena de terror cuando la vemos ejercer su safla en nuestros her- manos, no tendria tan hoérrida cara si se alejasen de ella los temores del porvenir, las convulsiones de la ago- nia y los dolores de la enfermedad que la preceden, Cuan- do vemos morir 4 alguno sin estos terribles aparatos , de- cimos que ha tenido una muerte dulce como el sueiio; TOMO III. 43 4 .

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