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Contempladla., amados mios , en las dos noches de su amarga soledad: cuantas personas la rodean no hacen mas que agravar sus penas, aunque involuntariamente. Aqui aparece Pedro, que despues de haber negado as su Maestro y llorado su culpa, viene 4 postrarse 4 los piés de la Madre desafortunada y 4 pedirla perdon ; alli llegan llenos de espanto otros discipulos;4 su lado esta la Mag- dalena y las otras piadosas mujeres; al fotro el virgi- © nal Apdéstol, que la consuela como buen hijo. ;Qué cua- dro tan triste para una Madre como Maria! Uno refiere aquella mirada compasiva que lo ha convertido, recor- dando que anduviera con El sobre las aguas , que reci- biera la promesa de ser la piedra de la Iglesia; otro recuerda la bondad de admitirle en su mas intima con- fianza; aquélla llora atin recordandose del amor con que la perdond; ésta relata las palabras dulcisimas de sus labios , y todos concluyen con una primera aspiracion; todos aietiinaiin con dolor: «<j Por qué has muerto, Maestro divino, Redentor suspiradc, Dios amoroso!» Y no hay una sola voz entre todas que no lleve al corazon de Maria el triste sonido de muerte, sepulcro y horror. Era-enténces cuando esta alma purisima exhalaba suspiros de amor hacia su Hijo amado ; mas angustiada que David, «Salvame, decia; sdlvame y librame de la tempestad joh Dios mio! porque han penetrado las aguas: de la amargura hasta lo mds intimo de mi alma. Me encuentro atollada en lo mas profundo del abismo del ‘ dolor, y no hallo consistencia. He llegado 4 lo mas pro- celoso de la tribulacion, y me ha envuelto en sus torbe- llinos la furiosa tempestad. Del fondo de mi corazon he sacado fuerzas para sufrir al lado de mi Hijo todo el furor de los verdugos que lo crucificaron; pero ya no tengo este corazon en su lugar; se encuentra trastornado desde que mi tesoro yace en el sepulcro.» Subversum est cor meum in memetipsa. Y al decir estas razones amorosas,
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