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éNo eres , por ventura, Tui el que mide los mares con la mano, el cielo con el palmo y la tierra con el puiio, el que pone las montaiias en la balanza y las colinas en el peso? ,Cémo, pues, has entrado en la triste béveda que sélo debe cubrir cenizas y podre, y no glorias increadas y poder infinito? ;Ah! ; No respondes, Hijo mio! ; No ha- blas 4 tu Madre! ; Por qué gocé de tus dsculos en la cue- _ va de Belen! ;Por qué te suspendi 4 mi seno! ; Por qué te vi crecer con gracias.y ciencia y hermosura! ; Por qué te vi aplaudido , admirado , adorado y bendecido de los pueblos, para llegar 4 este momento en que ya no exis- tes! A lo ménos en la Cruz atin respirabas, atin oi tu dul- ee voz; 4lo ménos, despues que entregaste tu espiritu, te pude contemplar de cerca y abrazarte ; veia aquellos ojos modestos y humildes que te distinguian de todos los hombres; veia aquellos labios que tantas palabras de vida habian pronunciado; veia aquellos piés que tanto se fatigaron'por los pecadores ; veia aquellas manos, ma- nos que obraron tantas maravillas; pero j ahora! ahora todo ha desaparecido.» ; Con este conocimiento tan vasto como tiene Maria de la grandeza del objeto que ha perdido, gquién podra con- solarla? La naturaleza con todos sus encantos se pre- senta en la alborada, haciendo resaltar por todas partes la alegria y el placer que inspira 4 quien la observa; der- rama en ella Maria una mirada, y no encuentra en nin- gun objeto ni animacion ni movimiento; todo es para su - alma un vasto sepulcro, porque, muerto su Hijo, todo ha muerto para su corazon; modulan las avecillas mil y mil cantos que entusiasman el espiritu; pero al corazon de Maria no llega mas eco que el que repite su corazon: La muerte, el sepulero. Igual eco interrumpe el silencio de la noche; igual rumor precede los pasos de Maria, no reso- nando por todas partes mds que la voz del sepulcro y dela _ muerte de su amado.

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