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hombre un gérmen de mezquindad que le hace obrar por sus propios intereses, y empaiia algun tanto su _nobleza: hay tambien la mutabilidad, que lo hace inconstante; amamos 4 Dios en este mundo, y muy pocas veces fija- mos nuestra vista en sus tofihites grandezas, y muchas son las que nos ocupamos de los premios que nos ha de dar: amamos tambien a las criaturas, pues que encontra- mos en ellas la satisfaccion de nuestros ideales, y no po- demos perseverar largo tiempo en estas mismas afeccio- nes , que tanto nos apasionan y arrebatan, pues que apa- recen otras que tienen mds dotes y hermosuras, y des- pues de haber consagrado nuestro corazon al primer ob- - jeto, destruimos cuanto hemos edificado, y alzamos una ara al ultimo que ha cautivado nuestro espiritu. 4No es éste , amados mios , el estado normal del corazon huma- no? Excepto alec almas nobles y sublimes por sus sentimientos, son muy pocas las que no dicen con David que «inclinan su corazon & hacer las justificaciones del Sefior por la esperanza de la retribucion.» Y en cuanto a los que se dedican 4 amar las cosas de la tierra, claro esta que no tienen fijeza en sus deseos, porque provie- nen éstos de las pasiones de un corazon corrompido. En éstos, desde luégo el corazon no tiene verdadera vida mo- ral, porque la podrey el fango no pueden animar al que por su destino pertenece & lo espiritual; en aquél los, aunque el principio es noble y sublime, pero le falta om-. nimoda generosidad, y el total desinterés , y el absoluto conocimiento del objeto amado, tienen ya iniciada la vida dichosa, la vida moral del corazon; pero no es posible que esta sea completa en este-mundo. Ninguno de estos ébices habia en el amor de Maria para con Jesus; lo amaba con nobleza, generosidad, des- interés y totalidad; lo amaba libre y necesariamente, por- que habia recibido de Dios el donde la impecabilidad ; y era tan intimo y profundo, tan cierto y evidente el cono-
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