BCCPAM000591-3-12000000000000

la persona de todos los rebeldes. Todos han abandonado a Jesus; todos se han vuelto de bronce, y podia decir entdnces , con el Salmista, que sus prdéjimos y amigos se habian levantado contra £1, queriéndole todos arrancar la vida. Pero ,podra Jesus quejarse dé que su Madre lo haya abandonado? ; Ah, no! Ella ha subido con El al monte de ~ Ja mirra, y'se ha puesto al lado de la Cruz para unir sus suspiros con las Jagrimas del Hijo; Ella padece la misma sed, y est4 coronada con las mismas espinas, abrevada con los mismos improperios, clavada con los mismos cla- vos; Jesus y Maria son una misma victima ; como dos olas que se chocan, compenetrandose 6 iddntifisendese las aguas de una y otra, los tormentos del Hijo vienen 4 caer sobre el corazon de la Madre, y la ternura de la Ma- dre va 4 parar al corazon del Hijo, para que le sirva como de un rocfo que’mitigue los ardores de la tribula- cion. Si; Ella le presenta un corazon traspasado de dolor, y este consuelo es el mayor que puede tener Jesus; Ella alza sus miradas 4 la Victima, y ésta comprende que cada una de ellas es la expresion de un deseo ardiente. 4Qué dicen estas elocuentes miradas de Maria? Cada una de ellas repite lo que dijera David en la muerte de su hermoso hijo Absalon: Wilt mi! quis mihi det ut ego moriar pro te? ;Oh, hijo mio! ,Quién me concediese la gracia de morir yo por ti? ;Ah!j;Si esas espinas taladrasen mis sienes! jSi esos azotes hubiesen caido sobre mis espal- das! ; Si esos duros clavos hubiesen horadado mis manos y piés! ;Ah; si esas afrentas hubiesen caido sobre mi frente! Fili mi! Quis mihi det ut, ete.? Bien comprendié Jesus este lenguaje. Recordad, ama- dos mios , que al encontrarse Jesus y Maria en las bodas de Cana, y suplicandole ésta que socorriese la necesidad de los esposos, Jesus le contesté: «Qué nos v4 4 Mi ya Ti? Adin no es llegada mi hora.» ; Ah! Era esta hora extrema

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz