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cuando Jesus camina al monte del suplicio; Maria aper- cibe por todas partes un murmullo sordo, que causa la muchedumbre amotinada; mas este mismo murmullo desaparece con otro que se eleva hasta las nubes; dos _ veces ha sido herido ya el corazon de Maria con oats eco. infernal. «Cay6, cay6,» dice el primer eco: «otra vez, otra vez cay6,» dice el segundo; y este mismo eco es re- petido por las colinas de Sion, llenando los aires con hor- risono estruendo, que llena de espanto el corazon de Maria. Apenas lo oye esta Madre compasiva, se apresura, vuela, y se llega 4 donde esta su Hijo. gPara qué? Para cargar ella misma la cruz, si es necesario. Ya que no le es dado librar al Hijo de manos de los sayones, quiere 4 lo ménos aliviar su triste situacion. Viérais enténces, amados mios , delineado en el rostro de Maria el mas herdico valor que han visto los siglos. Viéraisla acercarse al Hijo amado, y decirle con las mira- das lo que deseaba hacer para su consuelo. «Hijo mio, le diria; ya habeis caido dos veces con la Cruz; tus hom-. bros se hallan desollados , tus rodillas trécnalas 3 tus bra- zos sin fuerza, pues has détei mail tanta sangre; pero aqui estoy yo; poned sobre mi ese madero, que lo llevaré hasta la cima del Calvario; dadme esa soga que teneis en vuestro cuello; quitaos esa corona de espinas, pues no : _ sufre mi amor que tanta ignominia padezca el Hijo y-no quepa ninguna 4 su Madre. » ‘Hé aqui, amados mios, un lenguaje inspirado por la — ternura; Maria ha sido la Madre amorosa de Jesus en los © treinta y tres afios de vida que éste tiene, y creeria Ella faltar 4 su amor, si no tomase una parte activa en los tormentos de su Hijo. Por eso sale de su retiro; desea prodigarle sus cuidados; desea mezclar sus lagrimas con las desu Hijo; desea ser crucificada y morir con &l, si el verdugo quiere sacrificarla. ;Ejemplo admirable de amor y de constancia! Con El nos ensefia Maria 4 exponernos TOMO III. AA
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