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corazones; yo no sé si la barga agitada por furiosas olas en medio de una noche tenebrosa, y sin faro, brijula ni estrella, se hallar4 tan despavorida y fluctuante como estos dos amantes al encontrarse uno y otro en el embra- vecido mar de la tribulacion. Madre é Hijo se dirigen si- multénea y muituamente sus miradas, y reciprocamente se comunican una pavorosa consternacion.—;A ddénde vas, Madre mia? ha dicho Jesus con su mirada.—gCdmo estas, Hijo mio? ha dicho Maria. Y sin poder articular una sola palabra, porque el extremo dolor anuda sus lenguas, en— tran uno y otro en un deliquio de amor lleno de tribula- - ciones y amarguras. Libreme el cielo de tener la temeraria osadia de ee el velo del corazon de mi Dios, porque no puede el hom- _ bre mortal conocer cuanto ocurre en el santuario de la Divinidad, aunque ésta esté cubierta con todas las igno- minias. Sdlo diré que, 4 pesar de tanta tribulacion, Jesus se apresta para continuar su viaje al Gdlgota, poniendo atin sobre sus delicados hombros por tercera vez el cruel instrumento de su suplicio. Pero permitaseme insinuar- me un poco en el corazon de Maria, y leer lo que esta pa- _ sando por él. ;Ah amados mios! gSabeis por qué se apre- sura Maria 4 salir al encuentro 4 su Hijo? Porque en me- dio de tanto estruendo como hay en Jerusalen, han herido sus oidos maternales unos ecos que parecen salidos del infierno. gNo habeis observado alguna vez el horizonte -cubierto por todas partes de negros nubarrones en cuyo seno se encierran grandes depdsitos de fuego celestial? 4No habeis visto.cémo se foguean las nubes unas con otras, c6mo la electricidad camina de Oriente 4 Occi- dente, de Aquilon 4 Mediodia, reinando siempre un ruido sordo? gNo habeis visto que de cuando en cuando este ruido no discontinuado desaparece, porque estallan repen- tinamente rayos y centellas que con hérrido fragor hacen. resonar los montes y los valles? Pues asi esta Jerusalen. t

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