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su tristeza. Si, esta hija del cielo, & pesar de ser tan es- plendorosa, por su origen y naturaleza, como el sol de mediodfa , ha tenido en su carrera dias de alegria y dias de luto. Un dia se nos presenta vestida de gala por el nacimiento de su Fundador; otro amanece para Ella en que s6lo ha lugar Ja tristeza y el dolor, por ser el aniver- . sario de su ignominiosa muerte. Asi veo yo hoy 4a esa triste Madre; el cielo enlutado, la tierra convulsa, las piedras hendidas como un corazon que se parte, la natu- raleza en silencio, los 4ngeles en expectativa, los hom- bres en consternacion, déjase oir la voz de esta Madre infortunada , voz que dirige 4 los hijos dela Cruz: «Oh hijos mios! dice ; un dia amanecié para mi, dia de lamen- tos y de amarguras; dia que no merece ser computado entre los demas, porque en él se levantaran los hombres contra Dios; dia en que mi corazon fuera atravesado de mil dardos de dolor; dia en que cielo y tierra se conjuré contra mi; dia en que un pueblo furioso me arrebaté el tinico objeto que poseia mi corazon ; dia en que de la mas dichosa me converti en la mas desgraciada de todas las mujeres, pues no tuve ya objeto 4 quien amar, por ha- ber muerto el tinico que yo amaba. Acercaos, pues, joh hijos de mis dolores! examinad de cerca el cruel espec- taculo de mi Hijo moribundo, y ved que no hay dolor comparable al mio.» O vos omnes, etc. Este es el gran cuadro que la fé delinea hoy ante nosotros con los mas patéticos rasgos, poniéndonos de+ lante el Calvario humeando con la sangre divina, la Cruz alzada teniendo en sus brazos al llagado Redentor, y al lado de esta Cruz, que no es por enténces mas que un cadalso, a la dolorida Madre, que tuvo el desconsuelo de ver morir al mejor de los’ hijos. Otro dia yereis 4 esta tierna Madre engalanada con los adornos que la da su Es- poso, 6 bien teniendo en sus brazos al Niiio suspirado de las naciones, 6 bien presentandolo 4 los sabios para que A vage’s
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