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ve secise su sangre a torrentes por manos y piés ; si lo oye llorar y ‘clamar en la Cruz sin poderlo socorrer, Maria se muere de dolor: entre dos partidos igualmente tristes para un corazon que ama, gcual escoge Maria? ; Ay! El mas cruel; aquel en que mil veces se ha de ver traspasada con crueles aceros ; aquel en que ha de ver desgarradas sus entraiias de amor con las carnes del Hijo adorado. Pero este partido, glo toma acaso Maria por im- pulso del corazon solamente? ,Obra aqui el sentimiento materno aisladamente? No; es Ja razon junto con el sen- timiento. No es Maria una Madre que al saber que le fal- ta su Hijo tinico sale despavorida de su soledad y se precipita irreflexiva entre la muchedumbre, y se aboca inconsiderada con la mitad de su corazon. jAh! la Reina de los héroes cristianos marcha. al martirio llena de calma y serenidad. Vedla. Cuando la ronca bocina anun- cia la sentencia del presidente, se agolpa toda Jerusa- » len enlas calles por donde pasa el ilustre sentenciado; un murmullo como de cien rios caudalosos que se pre- cipitan de altas brefias, tiene en consternacion 4 los po-— cos hombres pensadores que existen en la ciudad deicida. No sale al publico ninguna persona amiga del érden, porque reina por todas partes la rabia y el furor, expri+ midos entre horrendos alaridos; cuantos transitan por las calles y plazas llevan pintados en sus facciones el — odio, la venganza, el deseo de sangre; nifios, ancianos, sacerdotes, letrados, senadores, pueblo, todos indistinta= ’ mente vanal Gélgota, bramando como toros contra Jesus. Para no vacilar en tan critica ocasion era preciso tener un valor nada comun para unirse al pueblo y manifestar algun interés hacia el condenado, cuya muerte ha sido pedida con unanimidad; era preciso arrostrar mil peligros y conculcar todas las furias de un motin; mas, jqué he- roismo, qué magnanimidad no se necialiabin para atra~

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