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tiene con Dios, el del amor que se han de profesar los hombres para aliviarse y ayudarse mtituamente en esta vida, que no es mas que un tejido de miserias, tejido tosco y grosero como la estopa-en los pobres, tejido guavizado como el precioso paiio de seda en los ri- cos, pero que no pasa de tener su trama pobre y mise- rable. En comprobacion de mi aserto, recorred conmigo los crimenes que se perpetran en nuestra edad. jCuantos en- venenamientos ! ;Cuantas puiialadas alevosas! ; Cuantos suicidios y homicidios preparados! ; Ay! No se mediga que esos acontecimientos son comunes 4 todas las épo- cas; no se me diga que apenas habia unos cuantos habi- tantes en el globo, Cain tomara el puiial contra Abel; que Absalon matara alevosamente al opresor de Tamar; que la impia Jezabel degollara 4 los Profetas, y que el desna- turalizado Jason cargara de cadenas 4 su propio herma= no. Nose me diga que Achitofel y Judas nos ensefiaran 4 quitarse la vida en un cordel, Zambri entre las llamas, Tolomeo con veneno, y Saul con su propia daga. Todos sabemos que las pasiones reinaron tan pronto como Adan pecd: miéntras haya hombres en el mundo, habra pasio- nes, habra venganzas , habra traiciones, habra crimenes; pero ninguna época les vid tan multiplicados como la nuestra, ninguna los vié tan atroces y horribles; en otros tiempos el malvado, despues de haber cometido el homi- cidio con temor, huia precipitado 4 esconder su crimen entre las selvas. En acontecimientos inesperados, enor- mes por sus consecuencias, se vieron algunos desespera- dos que cobardemente concluyeran con susdias; pero jah! en nuestra época esto es un hecho que no admira, porque cada dia se hace; los crimenes de nuestro siglo no son ni la simple violacion de la fé conyugal, ni los excesos de un prddigo irreflexivo, ni rapifias 6 fraudes ordinarios, sino joh Dios! gtendré la fuerza necesaria

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