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-raleza; que sus adelantos en la civitlienton. no tienen otro origen que su tendencia natural 4 conservarse y 4 sobre= llevar con comodidad las miserias de la vida, y Megat ala. te perfeccion por que suspira necesariamente; y, por fin, que las luces y razon de que se halla enriquecido, le en- sefian de un modo irrefragable que debe humillarse ante el Dios que lo criara. Sustituir estos principios por otros, abolir los dogmas que profesa la gran familia humana sobre la union qué debe reinar entre los hijos de un mismo padre, sobre la conservacion del individuo y sobre la ado- racion de la Divinidad; sustituir, repito, estos puntos fundamentales por otros contrarios, qué otra cosa es sino erigirse en enemigo de Dios, de los hombres y de si mis- mo? 4 Y qué otra cosa hiciera la incredulidad con sus dog- mas subversores? ; Ah! Este es su gran crimen. El ineré- dulo es enemigo de Dios, de los hombres y de si mismo. Oidme con atencion. La criminalidad que hago recaer sobre el incrédulo parece demasiado fuerte, pero es fundada, y voy 4 de- mostrarla, probando desde luégo que el incrédulo es dei- cida en su corazon, y que profesa un ddio mortal 4la Di- vinidad. No lo dijera yo, si antes no lo hubiese afirma- do el Profeta con estas palabras: Dizit insipiens in corde suo; non est Deus : Dijo en su interior el impio; no hay Dios. ,Y cémo dejaria de aborrecer 4 Dios el incrédulo? Rebelde 4 sus mandatos, opuesto al culto universal que hasta los irracionales le tributan, obedeciendo al instinto que les diera-y le rinden los mismos elementos, no pa~ sando de los limites que les prescribiera, desea en su co- razon que no exista aquel Sér divino 4 quien todos mé- nos él adoran. |No reconociendo 4 este Dios con algun derecho sobre el hombre, despreciando sus leyes y sus amenazas, es consiguiente que deteste aquella justicia inflexible que condena al malo para siempre; aquella verdad infalible, que no admite ee ni da tre- TOMO II. 22 ‘
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