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nuestra edad nos lo dice, y nuestros padres como nos- otros lo hemos llorado: hemos llorado la ruptura, de los” verdaderos vinculos que unen a los hombres entre si; he- mos llorado los abominables excesos que se han cometido en épocas en que , dominando la incredulidad , aguzaran los pufiales los. padres contra los hijos, hermanos contra hermanos, pueblo contra sacerdocio, y el hombre contra si mismo; hemos llorado porque los templos se conyirtie- ran en lupanares, la Religion en problema y el sacerdo- cio en derision. Tales acontecimientos viera un gran pue- blo cincuenta afios ha, y tales hemos visto nosotros; acon- tecimientos ocasionados por los moralistas de la vana filo- sofia, de los cuales podemos afirmar lo que diez y ocho siglos ha afirmaba el Apéstol hablando de los filésofos del paganismo: «Son hombres llenosde toda iniquidad y ma- licia, y homicidio.» Repletos omni iniquitate, malitia... homicidio. Nuestra asercion no es exagerada; los excesos en que la humanidad se ha precipitado en las seis décadas que nos han precedido; el desprecio de la Divinidad y sus le- yes; los horrores entre que han desaparecido tantos her- manos nuestros; los crimenes que se perpetran cada dia de homicidios y suicidios, como no vieran antes los pue- blos , son todos efecto de esta gran maestra de iniquidad, que ho enseflado & cometer el crimen sin remordimiento. El inerédulo es un criminal, no ya por los males que se causa 4simismo,sino tambien, y mucho mas, por los que ocasiona a la sociedea ; sobre él gravitan las escenas tan escandalosas que hemos visto verificarse 4 nuestra vista; sobre él gravitan las reyoluciones de los pueblos, los ase- sinatos, las traiciones, los medios infames con que se quiso destruir la Religion y el sacerdocio, la autoridad de los Reyes y la sumision de los vasallos. No es, pues, ya la incredulidad un crimen consumado en el secreto del corazon; no un crimen inocente, como decia algunos

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