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PEA ETE ; SERRE, se entrega gustoso en manos de los sayones, porque de este modo ha de vencer al fuerte armado, le ha de ar- rancar sus despojos y ha de alcanzar victoria. Hasta cuando, pues, seremos insensibles 4 un ejem— plo tan divino? gHasta cudndo seremos sordos 4 tan elo- cuentes lecciones? No tenemos hoy dia perseguidores de nuestras creencias 4 mano armada; pero hay un gran tirano que vive en nuestro propio corazon, el amor pro- pio; éste nos apremia sin cesar; para que no cedamos jamas en nuestras altivas, pretensiones. Suspiramos por riquezas, honores y glorias mundanales; no sufrimos el mas leve descomedimiento de nuestros hermanos; la mas ligera injuria la consideramos como una falta imperdo- nable; nos creemos acreedores a la consideracion uni- versal; deseamos brillar en el mundo, y cuando alguno se erige en enemigo de nuestra dicha, en rival de nues- tras glorias adquiridas por nuestro talento 6 heredadas de nuestros mayores, nos revestimos de un orgullo in- flexible, sin querer jamas decir una palabra de amor al que nos édia. No es esto lo que nos ensefla Jesucristo en su prision; seguid sus pasos, y lo vereis tan manso, que no ha de+ desplegar sus labios en su cruel martirio; cuando hable por primera vez en la Cruz, oireis sus divinos ecos, que suben al trono de su Padre, pidiendo misericordia para sus enemigos. Iras, éddio, venganza, jay! no pueden en trar en aquel corazon lleno de amor para con los hom- bres, aunque éstos sean sus mds crueles enemigos. Quede, pues, impresa esta leccion en nuestras almas; la conformidad con la voluntad de Dios en nuestros des- tinos temporales, la paciencia en los trabajos, el amor a nuestros hermanos y el perdon 4 nuestros enemigos, nos haré unos verdaderos discipulos de Jesus encaree- lado y atormentado. Postrémonos ante tan amante y celestial Maestro de
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