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- digno de su bondad sin limites, pues por nosotros sufre las cadenas, los insultos, los hedores y las inmundicias de la prision. PARA EL SETIMO MISTERIO DE LA CORONA DE DESAGRAVIOS. El negro manto de la noche se arrollaba de Oriente 4 Poniente ; la aurora asomaba su risuefio rostro; las ave- cillas, presagiando cierta catastrofe en‘ aquel dia, no modulaban sus cantos instintivos ; las aguas cristalinas del Cedron habian mudado su iecands susurro en un rui- do doloroso; la naturaleza aparecia sin animacion ni atrac- tivos; el mundo preparaba sus vestidos de duelo; entre tanta tristeza como manifiestan los séres insensibles é irracionales, se oye un ruido general en Jerusalen ; mul- tiplicados emisarios recorren sus plazas y calles; cruzan en todas direcciones sacerdotes, nobles, escribas y fari- seos; brense las puertas del Sanedrin, y se descubren las Salas del tribunal, en que toman asiento los doctores de la fey; una cohorte romana estaciona en el vestibulo; mi- nistros de justicia, criados, sayones, verdugos, Hoptilac cho. 4A qué tanto motin y aparato belicoso? 4A qué tanto apresuramiento en reunirse los jueces y magistrados? A dar una sentencia definitiva al preso de la noche. Jesus no ha descansado, ni tampoco sus enemigos; Aquél an- siaba por la Nogada del dia para ofrecerse en sacrificio; — éstos lo anhelaban tambien para saciar su furor. Llego por fin; sentado Caif4s en su trono sacerdotal, manda que sea traido 4 su presencia él Nazareno; la carcel subterranea no habia sido visitada por los rayos del sol, ni habia penetrado hasta su profunda concavidad el movi- miento del pueblo; el primer indicio de haber amanecido para Jesus fué el ruido de las armas, la confusa vocin- gleria del soldado, el levantamiento de los cerrojos, el crujido de los quicios, y, por fin, el saludo descomedido

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