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entran todos en ella de tropel, duplican Sap ase- guran los candados, y dejando solo al prisionero, se re- _ tiran. gSabeis por qué? Por no tener parte en el tormento cruel que va 4 ocasionar 4 Jesus su nueva habitacion. Para describirla, no usaré de mi propia voz; hablara. por mi la tradicion, la piedad y el fervor; el devoto San Lorenzo Justiniano, hablando de esta carcel en el libro sobre el triunfo de Cristo, cap. x, dice estas palabras: «Lo _ pusieron en un lugar inmundo, mas semejante a un alba- fial que 4 una carcel; alli nose respiraban mas que hedo- — res pestilentes, ni habia otra compaiifa que las sabandijas; era esta prision una verdadera imagen de las tinieblas del sepulcro.» Jn loco indecentissimo possuerunt eum, ubi fe- tores purgamentorwm, vermium multitudo aderat; tenebro- sus carcer quedam erat mortis imago. jAh, pueblo cristiano! Si nuestra actual civilizacion atin no ha conseguido hacer desaparecer-el horror de una prision, gqué serian las carceles de hace diez y nueve si- glos? Ahi estan ain los restos de los antiguos anfiteatros; era la superficie para que se aposentasen en ella los es- pectadores, y para guardar en ferradas jaulas las fieras . con que se divertian los pueblos en espectdculos horri- bles. Grandes cavidades embovedadas sostenian aquellos edificios; y alli donde no penetraban los rayos del sol, ni el aire llevaba sus benéficas influencias, era el destino de los criminales. ; Cuanto miasma corrompido! ; Cudnto gérmen de infeccion! ;Qué tinieblas en el peso del dia! ;Qué horror en la neers noche! La muerte era peggenie a esta morada. Contemplad, pues, lo que sufriria al adorable Jesus en tan desventurada cueva; El, que sentado 4 la diestra del Padre se viera siempre envuelto entre suavisimos aromas que le ofrecian los angeles en incensarios de oro; fl, que mas fragrante que los lirios delos campos y las ro- sas de los valles atraia con sus olores 4las almas; £1, que
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