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. TERCERA SETENA DE LOS DESAGRAVIOS. Ya que de los labios del ilustre reo hemos oido su eter- na generacion; ya que hemos tenido la dicha de conocer- 16, Sepamos cules son sus m4s fntimos pensamientos en la morada ldbrega de la carcel. ;Ah! Cuando lo hemos ] visto atravesar el Cedron y retirarse al huerto, no nos hemos detenido 4 contemplar sus acciones. Volvamos atrdas. . Apenas fué internandose en el olivar, llam6 4 tres desus mas fieles discfpulos, y con ellos se retiré4 orar al Padre celestial; una hora de stiplica no fué bastante para ablan- dar el cielo; otra mas tampoco hizo desce nder sobre El los consuelos divinos; & la tercera vino 4 El un embaja- dor del firmamento, y certificado nuevamen te de los de- signios de su Padre, se postré en tierra, le adoré, y tan- ta fué la angustia de st. alma, quesu cuerpo desfallecido, trémulo y anonadado, broté por todas partes un copioso sudor de sangre. Esta agonia fué el efecto de un pensa— miento aterrador, pensamiento que permanece inmévil en el alma de Jesus. Con él entré en Getsemani, con él fué al concilio de Caifas, con él vino 4 la prision, con = él sera llevado 4 los tribunales civiles y religiosos, con él ira al Gélgota, y con él espirara. 4 Veis aquella actitud triste y desconsoladora del ros- tro de Jesus? gLo veis cémo se inclina hacia la tierra, como si una meditacion profanda lo ocupase exclusiva- mente? Pues bien; sabed que esta pensando en los peca— dos de la humanidad, en la responsabilidad que carga so- bre El; piensa en el fruto de su sangre que va & verter; piensa en la profanacion de su religion augusta, en los muchos trabajos que va 4 sufrir yen el preci ode su vida, que los hombres han de desestimar y hollar. jAh! | Qué horizonte tan nebuloso rodea el alma de Jesus

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