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* ee millamos en la presencia de Dios, y creyéndonos capaces de combatir, al primer paso que damos caemos, porque nos falta el cimiento, que es la humildad. A: oir los dis- cipulos que muy pronto serian probados con una fuerte tentacion, debian de haberse humillado, implorando la ayuda de su Maestro para salir victoriosos; léjos de hacer- lo, responden con la mayor prontitud que sedejaran llevar a la carcel y padeceran la muerte antes que dejar de cone fesar su fé. Su divino consejero les habia enseflado que orasen pidiendo la gracia al Padre, que se la daria en las tribulaciones ; al poco, ven el ejemplo que les da el Maes- tro, rogando con humildad profundisima, y miéntras El ora, ellos duermen. ;Ah! De este orgullo nacié la apatia y abandono de la oracion, y de aqui la fuga de todos _ cuando sobrevino el peligro. Lo que fueron los Apéstoles en estos momentos, somos todos los hombres cuando, creyendo que podemos algo sin contar con la gracia, nos engreimos de nuestras fuer- zas. 4Quién no tiembla al saber que en tiempo de las per- secuciones, muchos se presentaron inoportunamente ante los tiranos, desafiandolos en nombre de Cristo y despre- ciando sus tormentos, y al poco apostataron de la f{é? Es la presuncion el principio de todos los males: si quere- mos evitar las caidas, hemos de empezar por: conocer nuestra miseria y por pedir al Sefior que nos dé sus auxi- lios. Y si los discipulos que se disputaban la dicha de acercarse mas y mas 4 Jesus para oir sus palabras tuvie- ron la desgracia de caer al poco por fiarse demasiado de si mismos, ,qué suerte sera la de aquellos que se apar- tan del lado de este Maestro celesial, por dar oidos 4 maestros de perdicion? j Ay! No bastan dos ojos para llorar la triste suerte de los cristianos de estos tiempos, que, arrebatados por una especie de vérligo, van hambrientos en pds de doctrinas corruptoras; esos libros que se leen cada dia con una 4n—

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