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_ Hé aqui, alma mia, los primeros sacerdotes de la ley pate de gracia sentados 4 la Mesa celestial. Humildes, no se — E atreverian 4 tocar el cuerpo del Sefior, y mucho ménos & levarlo & su boca, 4 no mandarselo el mismo Sumo Sacer- dote Jesucristo. Fervorosos, no tienen otro afecto que el de su Dios, por quien han dejado todas las cosas, y por quien desean dar la vida. Compungidos, lloran las ofen- sas que han hecho 4 un Dios tan bueno, prometiendo en _su corazon amarlo con todas sus fuerzas, y dar mil vidas antes que cometer un pecado. Con estas disposiciones se hace la primera Comunion que ha habido, y por la cual A empez6 la dispensacion 4 los hombres de los misterios divinos. ;Oh dignacion inefable la de Dios! yOh dignidad incomparable la del hombre! La mesa del Rey de los cielos esta puesta para que coman de ella sin distincion alguna el pobre, el siervo y | | el humilde y desvalido. Es este verdaderamente el mo- . mento de recordar aquellas palabras de la Sabiduria ce- lestial, en las cuales advierte 4 todo hombre que cuando se siente 4 comer con el Principe, ponga gran cuidado 4 las cosas que tiene delante. (Prov., xxut, vers. 1.”) ;{Cuan honrados no se consideran los hombres al verse convida- dos 4 la mesa de los Reyes terrenos! ;Con qué esmero procuran llenar cuanto exige el respeto al alto personaje, la finura de la educacion y la estimacion que cada uno hace de si mismo! Comparese, sin embargo, convite con convite, Principe con Principe, manjar con manjar; pero 4cdmo pondremos en parangon al siervo con el Sefior, la tierra con el cielo, la materia corruptible con las delicias interminables? En la mesa de Jesucristo es el mismo Dios quien convida; no es un manjar distinto del mismo Rey que llama 4 su banquete, ni tomado de las cosas pa- sajeras ; se da en comida a si mismo; su sangre es delicioso néctar de esta mesa , su cuerpo el exquisito bocado que ar- é rebata entre torrentes de sabor delicioso 4 quien lo come. TOMO II. 42 ae

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