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4 Quién es capaz de pensar lo que pasa por aquellos momentos en el Cenaculo? Elevemos nuestra vista la region de los espiritus; asisten éstos al Seiior, y lo ado- ran sin cesar; y es tal el placer que sienten al contemplar su belleza infinita , que , 4 pesar de estar siempre embria- gados en la abundancia de la casa de Dios, se abrasan de un deseo perenne é insaciable de mirar mas y mas su santo rostro. ; Tal es el hambre, tal es la hartura que da el Bien Sumo al que lo posee! (I Petr., cap. 1, vers. 12.) j Qué sorpresa, qué admiracion no causaria en ellos ver que el Hijo de Dios se convertia en alimento de los hom- bres, y que éstos lo tecaban con sus propias manos, y lo leyaban 4 su boca para comerlo! ; Ah! Si la vision divina no fuese el colmo de toda felicidad, hubieran los angeles en aquel momento envidiado la suerte de los mortales; enténces se certificaron de la fraternidad que los unia con los hombres, pues vieron 4 éstos saciarse en la tierra del mismo manjar cuyo sdlo aspecto los hace dichosos en el cielo. pte Fijemos ahora nuestra atencion en los Apédstoles, que acababan de recibir por primera vez el cuerpo de Jesu- cristo; esta su alma por aquellos momentos animada con una fé viva y purificada de toda mancha, como el mis- mo Jesus se lo ha dicho al lavarles los piés; y apenas han recibido el Pan de los angeles, sus corazones son otros tantos voleanes de fuego abrasador en amor de su Maes- tro. | Qué ideas tan abyectas tienen de si mismos en estos instantes, considerdndose indignos del gran favor que acaban de recibir! jQué ldgrimas de gozo y de. ternura surean sus mejillas! ; Qué suspiros exhalan contemplando a qué extremo de bondad habia llegado su divino Maes- tro! Bien se echa de ver por sus discursos y razonamien- tos; pues si Pedro asegura 4 su Maestro que esta pronto a morir por El, no se quedan atrds sus condiscipulos, diciendo todos lo mismo. (Math., cap. xxv1, vers. 35.)
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