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de aquella sangre derramada en la Cruz. Yo te hendigo, joh Jesus mio! por tus misericordias, pues sé que en tu santisimo cuerpo y sangre tengo la salud, y la vida, y la prenda de la gloria. 3.° Hay en el amor de Jesucristo hacia los hombres una citcunstancia que le da un valorinealculable ademas del que tiene, por provenir de una persona infinita, y es esta circunstancia el haberse humillado todo un Dios hasta el extremo de anonadarse: y es tan inherente esta circunstancia 4 cuanto hace Dios por salvarnos, que sin ella parece que no puede ni principiarse ni concluirse la obra de la Redencion. En todas sus operaciones es incon- cebible esta humildad; pero al llegar al momento de la institucion de la Sagrada Eucaristia, es ésta tan grande, que su sola enunciacion paraliza los mas encumbrados espiritus angélicos; al considerarla con atencion, entra el alma en una especie de admiracion extatica, no sa- biendo qué ponderar mas, si nuestra indecible ingratitud 6 la inefable bondad de Dios; si el poco aprecio que ha- cemos de nuestras almas, para cuya salvacion han sido necesarias las humillaciones de un Dios, 6 la dignacion de este mismo Dios en amarnos tanto. _ Para tomar nuestra naturaleza, fué necesario que iiée se humillase, ocultando la gloria y majestad infinitas bajo el tosco ropaje de la humanidad, y encerrando aque- lla conan que no cabe en el ambito de los cielos, en la estrechez de un cuerpecito; pero al instituir el Sacra- mento en que va 4 convertirse en alimento del hombre, las humillaciones crecen y son mayores que cuando tomé carne humana, para comunicar su gracia al mundo y en-. sefiarle el camino del cielo. Alli se oculta la divinidad, aqui se esconde hasta la humanidad; alli se humilla Dios a hacerse hombre, aquise humilla 4 darse en comida y en bebida al hombre. Al hablar la esposa de los Cantares de la visita de su.
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