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«Vehementemente he deseado comer esta Pascua con yosotros.» (Luce., xxm, vers. 15.) j Ay adorable Jesus mio! Biensé yo que aquel salon engalanado, tapizado y festoneado de flores , que quisiste se os preparase para la ultima cena, era la figura de lo que ha de ser mi alma para recibiros. Lo sé, Dios mio, y me horrorizo al considerar cuan indignamente os he re- cibido en mi pecho, lleno de las inmundicias del amor ' del mundo, infecto con las hediondas heces de la carne, y oscurecido todo con los vapores del orgullo. Yo quisiera morirme de dolor cada vez que considero que no os he recibido dignamente ; pero Vos sois Padre de misericor- dia, y espero de Vos, no sélo que me perdonareis, sino que me dareis tanta gracia, que me purifique de toda mancha, y formando en mi un corazon nuevo y puro, sea un santuario donde no éntre mids afecto que el vuestro, joh amabilisimo Jesus! Asi os lo prometo, y asi lo espero de vuestra misericordia. 2.° Veia Jesucristo lo mas intimo de los corazones de los hombres, y sabia perfectamente el estado en que estaban los de sus Apdéstoles. Amaban éstos 4 su Maestro _con ternura, y cuando algunos de los que le seguian agregados al numero de sus discipulos le abandonaron, pareciéndoles dura la sentencia que oyeron de Jesus sobre comer sus carnes, el Maestro preguntdé 4 los doce Apés- toles si ellos tambien tenian voluntad de retirarse; 4 lo cual respondiéd Pedro por todos, diciéndole que ellos creian que era el Cristo Hijo de Dios, que sus palabras eran de vida, no pudiendo encontrar léjos de Ello que en £1 tenian. (Joan., v1, 69.) Sabian, por lo tanto, que tenian que comer la carne del Hijo del hombre y beber su sangre, para alcanzar la vida eterna; sabian que esta carne era verdadero manjat y la sangre verdadera bebi- da. Asi se lo habian oido decir 4 su Maestro (cap. vi, vers. 54); y aunque ignorasen el modo, no por eso de-

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