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z 474 sobre los sepulcros de los Apéstoles: fueron a tierra las murallas que los defendian: entraron en Roma bandadas de parricidas desplegando una bandera que és, hoy por hoy , emblema de ambicion, de hipocresia, de perjurio y de deslealtad , siendo asi que por su ensefia y su color debia serlo de justicia y de fidelidad. Los templos se vie- ron profanados, las casas robadas, y al fin de tanto sa- crilegio, el mismo Vicario de Cristo se encontré preso y cautivo en medio de los invasores. Al temor de !o pasado sucedia el espanto del porve- nir: el amor del pueblo catélico producia en los corazo- nes la tristeza, por asaltarle Ja misma idea que tenian los enemigos del Vicario de Cristo, la cual era para éstos un motivo de alegria diabélica. «jAy! decian los animos afli- gidos: el Vicario de Cristo esta rodeado de sus enemigos; estacionan éstos alrededor de su morada; lo han dejado sin libertad, sin independencia; espian sus movimien— tos, lo insultan y lo befan, y tendra que abandonar su catedra y andar errante sobre la haz de la tierra, refu- giandose en paises lejanos, y sin saber 4 qué principe pedir auxilio, pues todos son, 6 cismalicos, 6 herejes , 6 filésofos, 6 indiferentes, y aun los hay excomulgados. 4Qué ha de ser de nuestro Padre? gQué suerte cabra al que hace la8 veces de Dios en la tierra? Ademds, aiia- dian, hay una frase tradicional, cuyo sdélo eco envuelve nuestras almas entre el negro crespon de la tristeza mas honda. El mismo Padre Santo lo sabe: él la ha oido: al ceir por primera vez la tiara, oyé repetir aquellas pala- bras que le decian: Vo verds los dias de Pedro; ¥y esta frase era una saeta que tenia traspasados los corazones de los hijos de la Iglesia catélica. «El Padre Santo, se de- cian unos 4otros, ha entrado en el aflo vigésimoquinto - de su pontificado, y tiene que doblar muy pronto su au- gusta frente 4 la inexorable Parca. ,Qué sera de nosotros? éEn qué orfandad vamos a caer? ¢Qué alegria no han de
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