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vegetacion delineado por la mano del Todopoderoso; al ver la magnifica armonia que guardan entre si tantos y * tan variados objetos; al oir enténces el suave murmullo de toda la naturaleza, que parece-que se despierta del — sueiio de la noche; al percibir los multiples, pero uniso- nos, ecos de las avecillas que cantan, de los rios que su- surran, de las cascadas que resuenan, del mar que se. mueve con calma, del corderillo que bala, del buey que muge, del pastorcito que canta y de los hombres que se ponen en movimiento, no puedo ménos de decir que toda . la tierra esté lena de la gloria de Dios. Y lo mismo me sucede cuando, cubriéndose el cielo de negros nubarrones, abren éstos sus cataratas , y empu- jandolas el furioso huracan, empiezan 4 descargar rayos y centellas, y & derramar torrentes, convirtiendo los rios en lagos, los lagos en mares, y éstos en abismos que hierven, como si un volcan inmenso los recalentara, que suben en olas espumantes hasta las nubes, y bajan como si un voluimen de peso incalculable los aplanara, y que despidiendo de su superficie rebramantes aquilones, los envian 4 la tierra, donde derriban torres, arrancan robles de cien afios, y hasta derrocan pefiascos. Contemplo esa revolucion imponente y ese choque horrible de los ele- mentos, y no puedo ménos de exclamar: Za tierra entera esté Nena de la gloria de Dios. Pero decidme j oh angeles santos! que estais repitiendo ‘sin cesar estas mismas palabras: ,es siempre cierto que la tierra esté llena de la gloria del Altisimo? Vive en la tierra el hombre hecho 4 la i imagen y semejariza de Dios; y este mismo hombre a quien el Sér divino ha dado inteligen= cia y afectos para que lo conozea y lo ame, se levanta contra £1, blasfema de su nombre, le usurpa sus derechos, lé ultraja y le desprecia, le disputa su imperio, levanta idolos de piedra y les ofrece incienso; y se erige él mis- “mo en numen, adordndose asi mismo, & su propia razon, * pe ee nee “ic nates.

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