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~ 41 fom6 un motivo de acusacion contra ellos, como se per- cibe por la apologia que el fildsofo Atenagoras escribié & mediados del siglo 1, cuyas palabras pondré aqui: «Acu- san 4 los cristianos porque se arrodillan ante sus sacer- dotes y confiesan secretamente sus pecados para recibir correccion y penitencia por ellos.» Christiani antistitum genitalia adorant. No os hablaré de los testimonios de los Padres, tanto griegos como latinos, quienes han ha- blado unanimes sobre este dogma, sin que hayan discre- pado en nada, empezando por San Clemente, San Ireneo, que fueron: del primero y segundo siglo, hasta el ilustre San Bernardo, cuyos taleritos fueron la admiracion del duodécimo. ‘ Desde la venida de Jesucristo queda, pues, estableci- da la confesion de boca como un dogma de su doctrina, como un sacramento de la ley de gracia, como un pre- cepto de necesidad absoluta é indispensable para obtener la salvacion despues de haber perdido la inocencia. No os engaiieis, amados mios; casos pueden darse en que el hombre se salve sin confesarse; tal puede ser el dolor de haber ofendido 4 Dios, que no pudiendo el hombre declarar sus pecados al sacerdote por algun accidente, quede justificado y perdonado; pero no habiendo este dolor perfecto, nadie entra en el cielo sin haberse confe- , sado y arrepentido; asi lo practicé la Iglesia desde su _ fundacion; mas ,qué sucede en el trascurso de los si- glos? Los fieles se entibian en el fervor, se olvidan de sus deberes; la sagrada mesa se ve abandonada, los tri- bunales sagrados desiertos, y para remediar tamafios males se congrega un Concilio general, y en él ordenan los Padres que todo cristiano que haya llegado 4 los alos de la discrecion’, se presente al ménos una vez al ailo 4 los piés de su confesor, y le manifieste sus pecados; de modo-que la confesion, que era de necesidad absoluta como precepto divino, vino 4 ser establecida anualmen-

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