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cabeza de la victima, y el penitente confesaha sus peca- dos para obtener el perdon, como lo da a entender el libro de los Maimeros (v, 7.) Lo que el pueblo judaico practicaba como un precepto legal, vino a ser un precepto divino desde que Jesucristo did 4 sus disc{pulos la potestad de Orden. El sacerdocio del pueblo hebreo no era sino una figura del sacerdocio catolico ; y si 4 los sacerdotes de la antigua alianza fué dada la facultad de examinar los pecados y rogar por la ignorancia de su pueblo, ;jeuanto mayor no sera el poder dado por Jesucristo 4 los ministros del Nuevo Testamen- to! «Recibid, les dijo, el Espiritu Santo ; los pecados que perdonareis, seran perdonados ; los que no perdona- - reis, quedaran sin perdon.» Accipite Spiritum Sanctum; quorum remisseritis peccata, remittuntur eis, et quorum retinueritis , retenta sunt. (Math., xvi, 19.) Y por estas palabras los sacerdotes fueron hechos depositarios de su gracia y dueiios de las llaves del cielo. Inutil sera dete- nernos en probar que la confesion ‘sacramental es una institucion emanada del mismo Verbo encarnado; pero tal es el desprecio que hacen los hombres de nuestro siglo de este Sacramento, que no debiera el orador subir hoy ala catedra sino para defender esta verdad, y de este modo salir por el honor de la Religion, desacreditada con . la conducta de los cristianos de estos dias nefastos ; Je- sucristo era Dios, y conocid 4 fondo el corazon humano y sus necesidades ; como hijo del Eterno, era dueiio ab- soluto de las criaturas ; como Redentor de los hombres, — tomé una nueva posesion sobre ellos; los rescaté del - ¢cautiverio de Satanas, los libré del yugo del pecado, y por estos dos titulos tenfa derecho para sancionar leyes y establecer preceptos, y los hombres no podian ménos de someterse sin ser ingratos 4 su Salvador y rebeldes 4 su Dios. Vid la imperiosa necesidad de la confesion, re- clamada por la fragilidad del hombre; en la antigua ley
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