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‘mds sincero, pues sin poder pensar en si misma, sélo sabe desear, querer y pensar en el bien que afecciona: Este amor es el tinico céfiro que respira, el sdlo aliento que la da vida. Si me preguntais en qué piensa,os diré que en amar; si de qué habla, de amor; si de qué vive, de amor. El alma que ve a Dios en el cielo no sabe mas que una ciencia, y es el amor, ni tiene otro empleo que el amor. «jAh, amor, amor! exclama el sublime Agustin. Tu eres el afecto mas dulce del corazon humano, y sin ti todo es tristeza y miseria. Mas en la tierra tii no. puedes ser sino un deseo nunca satisfecho. Dulce tormento que aflige y consuela porque se ama al Bien sumo, y se ve uno como encadenado, sin poder amar hasta lo infinito, y unirse indisolublemente al bien amado. Por eso, ama= dos mios, los Santos que estaban siempre extasiados en el amor de Dios, no temian bajar al infierno; pues mién- tras pudieran gozar de Jas dulzuras de este amor, las mismas llamas inextinguibles les parecian suaves brisas de la naciente aurora. Preciso es confesar que para subir 4 la eiinhes del monte santo es necesario que nos descalcemos los piés — de todas las trabas terrenas y fijemos nuestra vista en el trono de gloria con temor. De un hombre distinguido por su intimo trato con Dios nos refiere la historia cosas admirables. Era Moisés. Despues de haber estado jun- to 4 la nube esplendorosa en que Dios le aparecia y ha- blaba, bajé del Horeb a la planicie donde el pueblo le es- peraba; él mismo ignoraba los efectos asombrosos que produjera en su persona la vista transitoria de Dios; desciende de la cima gloriosa, y no bien se deja ver de su pueblo, cuando todos cubren sus ojos deslumbrados por rayos fulgurantes que rodeaban el rostro del legisla- dor. Ya Moisés no puede hablar al senado de Jacob 4 cara descubierta, viéndose obligado 4 cubrirla con:tupido velo que aminore las luces que lo circundan. Todo esto suce—
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