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La sabiduria y la dicha son los dos grandes objetos de todas las ideas y acciones humanas; y es tan intimo el deseo que tenemos de llegar 4 conseguirlas para todo nuestro compuesto, que el primer vagido de nuestra in- fancia y el ultimo suspiro de nuestra vejez son exhalados por todo hombre, llorando al principio la privacion de una felicidad que le espera, y gimiendo al fin por no ha- berla podido conseguir. Hagamos por un momento la diseccion de nuestro cuerpo y el andlisis de nuestra alma, y uno y otro aparecen con una capacidad inmensa que - nunca se llena, con una propension 4 una perfeccion que no alcanza en el actual estado de cosas. Ved el cuerpo, bellisima estdtua cuyo pedestal es la tierra, cuyo dosel es el cielo; obra maestra de la creacion en que se encuen- tran reunidos todos los elementos, guardando el mas exacto equilibrio, el frio con el calor, lo sélido con lo fliido, lo aéreo con lo compacto; sostenida sobre una basa insignificante, alzase con altivez natural hacia lo sublime, exhala acentos melodiosos, percibe los eflu- vios de todos los objetos, recibe las impresiones de to- dos los cuerpos, los examina con el tacto, con el oido y el olfato; y, lo que mases, no sdlo reflejan en su vista los cuerpos diminutos que se mueven entre sus plantas, sino tambien aquellos orbes inmensurables que con paso veloz giran en los azulados espacios. 4Quién podrd dis- cernir la capacidad de los é6rganos humanos para la per- feccion? Estas mismas imperfecciones de nuestra natu raleza terrestre ; esa sensibilidad continua que nos hace victimas de cuantas impresiones nos trasmiten los ele- mentos, jno estan manifestando la posibilidad de una perfeccion omnimoda, en que posea el cuerpo unas dotes de que ahora carece? EL frio que nos apoca, el calor que nos abate, el hambre que nos debilita, la hartura que nos cansa, los placeres continuos que nos insensibilizan, aqué son sino unas afecciones transitorias, que declaran
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